Laura Redondo
Escritora y poetaTengo pocos recuerdos vívidos de cuando era niña. ¿Memoria selectiva?, quizá, aunque mala selección hice si algunos de los mejores son apenas un borrón que viene y va, en ocasiones tras un esfuerzo titánico de rememorar, por aquello de saborear un poco más el agridulce sabor de una infancia que quedó hace tiempo atrás. Prevalecen, sin embargo, los que hoy os vengo a contar. No por mostrar de mí más que algún retazo suelto pues soy de poco dar a conocer —reconozco ser celosa de un pasado que ni siquiera yo soy capaz de atesorar, cuanto menos atreverme a difundirlo sin saber cuánto de todo aquello es imaginado o cuanto ha ocurrido en realidad—, sino porque creo, más aún, me atrevería a asegurar, que mis letras tienen mucho que agradecer a aquella juventud imprecisa y, especialmente, a aquellos objetos que cobraron vida en mis manos para ayudarme a soñar.
Corregidme si me equivoco, pero, creo que a parte del amor por los gatos —sí, sé que no se da en todos los casos —, otra de las normas del escritor es haber sido aquel extraño joven que emborronaba cuadernos en lugar de salir a la calle a jugar. Algún que otro cuento escribí de niña, pero por aquél entonces —siento no ser más concreta en la edad, digamos que acababa de empezar primaria—, no eran las letras lo que me tenía ausente de un mundo para mí extraño e irreal. Era la música, con su embrujo, sus notas, sus tempos, sus acordes, con sus letras que invitaban a escapar a otras vidas diferentes, la que me tenía en un cuarto en el que pasaban fugaces las horas.
Aún conservo casi todos los instrumentos: la flauta, con la que comencé en esas primeras notas musicales a desentonar con “Sonrisas y lágrimas” y que, no a mucho tardar y en un caset de dos cintas de cromo con grabadora —en aquel momento era un verdadero lujo—, pude grabar en cuarteto “El canon de Pachelbel”. No faltaron “Las mañanitas” o “El himno de la alegría”, aunque hubo muchas, muchísimas más. La cítara sigue conmigo. Me ha acompañado durante más de treinta años, aunque no la haya vuelto a tocar. “Extraños en la noche”, “Solamente una vez”, “La Marseillaise”, “Desayuno con diamantes”, “Doctor Zhivago”, “Memorias de África” no han vuelto a hacer reverberar el cordal, interpretadas por el toque de la púa entre mis dedos, aunque ahí está esa caja de madera y cuerdas, tan diferente a lo habitual, tan similar a mí, tan extraña y, sin embargo, tan cercana. Tan personal. La armónica nunca fue del todo de mi gusto, pero nunca le ha faltado sitio en cada una de mis mudanzas y, siempre que la saco de esa pequeña caja y la pongo entre mis labios, antes de soplar, la sonrisa aparece inesperada, como si el aire que sale, estridente, fuese el comienzo de un chiste del que ya conozco el final. Mi guitarra, mi querida compañera que ha dolido en mis dedos hasta hacerse callo y la he vuelto a abandonar hasta sanar, para volver a buscar su sólido refugio en los adagios, de nuevo, con unas yemas vírgenes que domar bajo sus duras cuerdas de metal. Y mi voz, a la que he prestado poca atención y no he ofrecido ningún mimo, habiendo merecido ser cuidada, quizá por ser la que nunca calla y a la que no le hace falta más que pasión y deseo de vibrar, sin cuerdas ni cajas, ni madera ni metal.
Podría haber pintado paraísos con las manos, pues el carboncillo era la otra mitad de mi mitad; podría, quizá, haber sido el tango la pasión que recorriera mis venas, o haber vivido en pasos, un, dos tres; un, dos, tres… de vals vienés bailado en el palacio imperial de Hofburg; pues mi cuerpo siempre es impulsado por las notas de la vida, las experiencias de otras almas que expresaron con la música su voluntad. Pero le di un lugar a la pluma sin faltar a mi palabra de amar siempre a las demás artes, por ser la voz que nunca calla y llegar allí donde mi garganta no puede alcanzar; por dibujar paraísos en papiros con la rúbrica de mis letras bailando una melodía; una danza que solo unos pocos, los más afortunados, son capaces de contemplar.